Un reloj dentro del tronco
Mi abuelo me enseñó lo que significa el tiempo. Él era un privilegiado, según decía, porque de muy pequeño había entendido el tic-tac de la vida; de la humana y de la naturaleza. El tiempo, según él, era uno y eran miles, no se podía contar de la misma forma para cada ser. El abuelo era un gran observador, se podía pasar un día entero frente a un árbol y después de horas mirándolo, se levantaba, ponía la oreja en el tronco y a veces lloraba con él. Yo le veía cómo, de pronto, después de horas inmóvil, iba hacia el árbol, lo acariciaba, poco a poco, como si tuviera miedo de hacerle daño y luego se fundía en un abrazo estremecedor con la oreja pegada a su corteza, luego, volvía a casa en silencio y con la mirada llena de luz. Yo, durante los veranos que pasamos en su casa, aprendí mucho más de lo que podía imaginar en aquel momento. Un año, cuando yo tenía 14, me atreví a preguntarle porque se acercaba de aquella forma a los árboles. Él, en lugar de darme una respuesta conc...