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Un reloj dentro del tronco

Mi abuelo me enseñó lo que significa el tiempo. Él era un privilegiado, según decía, porque de muy pequeño había entendido el tic-tac de la vida; de la humana y de la naturaleza. El tiempo, según él, era uno y eran miles, no se podía contar de la misma forma para cada ser. El abuelo era un gran observador, se podía pasar un día entero frente a un árbol y después de horas mirándolo, se levantaba, ponía la oreja en el tronco y a veces lloraba con él. Yo le veía cómo, de pronto, después de horas inmóvil, iba hacia el árbol, lo acariciaba, poco a poco, como si tuviera miedo de hacerle daño y luego se fundía en un abrazo estremecedor con la oreja pegada a su corteza, luego, volvía a casa en silencio y con la mirada llena de luz. Yo, durante los veranos que pasamos en su casa, aprendí mucho más de lo que podía imaginar en aquel momento. Un año, cuando yo tenía 14, me atreví a preguntarle porque se acercaba de aquella forma a los árboles. Él, en lugar de darme una respuesta conc...

Cuando me enfrenté a él

Cuando me enfrenté a él, negó que lo hubiera dicho. Su respuesta, como si nada pasara, me provocó una reacción un tanto violenta. ¿Cómo era posible que fuera tan cínico?   ¿Acaso pensaba que yo era estúpida o sorda? Lo peor era que me lo había comentado tan solo hacía media hora. Ante mis improperios él se quedó callado, me miraba al tiempo que hojeaba el periódico. Pasados unos instantes, abrió la boca de nuevo y me comentó que esa tarde iría a ver a sus padres. Eso sí que me dejó helada, ¡pero si estaban muertos! ¿Qué te pasa Pedro? ¿Te encuentras bien? El drama o no tan drama empezó ese día. A partir de su negación todo entró en una vorágine que no pude dominar. Pedro hablaba, pero su momento ya no era el del resto del mundo; su cerebro había retrocedido 10 años atrás. Su mundo y el mío irreparablemente se habían separado; el tiempo nos separaba y yo no conseguía encontrar ningún resquicio por el que colarme en su retroceso.   Un día me confesó que me encontraba rara, i...

Granada

El sol de la mañana se filtraba por la habitación. Saltó de la cama de un brinco y se mareó. - Tranquilo Manolo, que ya no tienes edad. Y es que cada luz nueva, cada rayo de sol, cada mañana le producía un intenso placer difícil de explicar. Él lo sentía en el pecho, muy hondo… Era un nuevo día, ¡un nuevo día! y no quería malograr ni un instante. Adoraba el mundo, -a pesar de los hombres- se dijo, y creía que también el mundo lo adoraba; se trataba de un amor correspondido. Ascender hasta la Alhambra a primera hora del día era su ejercicio preferido. El Darro le recitaba poemas familiares al oído y sentía como el bálsamo de la tierra mojada le recorría el cuerpo. Esto era la felicidad; la felicidad que cada día soleado se repetía. Procuraba dejarse llevar por toda la belleza que le envolvía, para apartar de su cabeza el murmullo que poco a poco se iba apoderando de su mente; el murmullo que resonaba en sus oídos; el murmullo de los versos; el murmullo de los gritos; el murmul...

Esos ojos

De pronto abrió los ojos. Unos ojos cualesquiera, hubiera dicho su mujer. “¿La mujer de quién?” . Le vino a la cabeza la pregunta ya que él no tenía mujer; o eso era lo que recordaba. Suspiró. Ahora casi todo le daba igual. Tenía un terrible dolor de cabeza. No sabía dónde estaba, aunque tenía algunas pistas. Los ojos le quemaban. El dolor irritante le recordaba el crepitar de los troncos en el hogar, ese conjunto de sonidos tan característico que provoca una música difícil de olvidar. Sin embargo, sus ojos no hablaban: por el momento solo sufrían, quizás de la misma manera que lo hacen los troncos expuestos al fuego. Su madre había estado allí, su perfume envolvía todo el ambiente; era inconfundible. Así pues, no estaba solo; alguien se preocupaba por él. Pero... ¿y su mujer? Esa que creía no tener y que sin embargo sabía que existía. ¿Cuándo pensaba verle? Parecía evidente que él no podía moverse, notaba su inmovilidad. No le importaba. No le apetecía explorar nuevos mundos, se d...

Las mariposas

No le conocí otra afición. Rodrigo, un amigo íntimo de la familia, pasaba los veranos en la casa de la montaña donde nos juntábamos varias generaciones y convivíamos durante todo el verano. Este hombre, este amigo de todos, desde los abuelos hasta los más pequeños, era un amante de la naturaleza y sobre todo un experto en mariposas. Y nosotros, los niños, aleteábamos a su alrededor para saber cada vez más de ellas y también, claro está, para cazarlas y luego, sin piedad, martirizarlas clavándolas en un corcho o guardándolas entre las páginas de algún libro o sencillamente abandonándolas en alguna estantería. Rodrigo procuraba que todo lo que aprendiéramos de él estuviera acorde con la naturaleza y se esmeraba en explicarnos todo lo que sobre ella sabía. Nuestro verano estaba repleto de los colores de las mariposas. En nuestra casa había a cientos. Bueno, quizás exagero, pero era inevitable no interesarse por un insecto que, sin ser molesto, nos rodeaba continuamente. Supe, gracia...

El tiempo

Mi abuelo me enseñó lo que significa el tiempo. Él era un privilegiado, según decía, porque de muy pequeño había entendido el tic-tac de la vida; de la humana y de la naturaleza. El tiempo, según él, era uno y eran miles, no se podía contar de la misma forma para cada ser. El abuelo era un gran observador, se podía pasar un día entero frente a un árbol y después de horas mirándolo, se levantaba, ponía la oreja en el tronco y a veces lloraba con él. Yo le veía cómo, de pronto, después de horas inmóvil, iba hacia el árbol, lo acariciaba, poco a poco, como si tuviera miedo de hacerle daño y luego se fundía en un abrazo estremecedor con la oreja pegada a su corteza, luego, volvía a casa en silencio y con la mirada llena de luz. Yo, durante los veranos que pasamos en su casa, aprendí mucho más de lo que podía imaginar en aquel momento. Un año, cuando yo tenía 14, me atreví a preguntarle porque se acercaba de aquella forma a los árboles. Él, en lugar de darme una respuesta concisa,...