El aire




Únicamente tres hombres se hallaban en la plaza cuando el alcalde aparcó el coche delante del Ayuntamiento y, como si llevara el diablo metido en el cuerpo, subió corriendo las escaleras hasta su despacho. A los pocos minutos, se escuchó por los altavoces la convocatoria: “Os habla el alcalde: Os espero a las diez y media en la plaza”
La hora, intempestiva; la noche, húmeda y oscura.

Algunos días atrás, muchos vecinos habían ido a hablar con el alcalde para transmitirle el profundo malestar que sentían, no sabían qué era lo que ocurría, pero todo el mundo andaba inquieto. También él compartía la misma desazón, por ello les había prometido investigar. Habló con el médico, el veterinario y la farmacéutica y también con los alcaldes de las poblaciones vecinas, pero al no encontrar respuestas convincentes decidió ir a la capital. Pasó doce días fuera del pueblo.

Nadie hubiera salido de casa ni hubiera hecho caso al llamamiento del alcalde a esas horas de la noche, de no ser por la preocupación que sentían y la curiosidad por saber qué noticia, al parecer, urgente, traía el funcionario de la capital.

Aquella noche del 2000, el alcalde, pálido y abrigado hasta las orejas observaba como en poco tiempo la plaza se iba llenando. Los más viejos, en primera fila, con los ojos hundidos por un sueño que nunca llegaba; las mujeres; los hombres en corrillos y los niños correteando arriba y abajo. Y entonces, el muy ilustre alcalde, desde el balcón del Consistorio, con los ojos empañados y la voz trémula, anunció: “Quiero daros la noticia lo antes posible, ya sé que es lo que ocurre. Luego, vosotros mismo, en vuestras casas, por la noche, podéis pensar o dejar de hacerlo, según os convenga, y…. quizás mañana todos, incluido yo, lo veamos de otro modo. Es el aire, amigos, el aire que es diferente al que hemos respirado toda nuestra vida.  -¡Está contaminado!, gritó alguien desde un extremo de la plaza -, no, no, nada de eso, no es tan grave, es sólo que el aire es…que…, que huele igual en todos los rincones del planeta”

Los vecinos no se movían a la espera de más explicaciones y seguían mirando al alcalde. Éste, de pie, comenzó a respirar profundamente con los ojos cerrados y al cabo de pocos minutos no podía retener el llanto. Entonces, se le acercaron sus dos mejores amigos que habían permanecido en el balcón, junto a él, todo el tiempo y le tomaron del brazo, él, encogido, empezó a gritar: “no es justo, no es justo” hasta terminar en un susurro mientras le ayudaban a retirarse. También la gente se marchó, ahora hablando unos con otros, con el corazón encogido y los pensamientos acelerados, mañana, mañana hablaremos, se decían, ahora, a casa, a dormir, a dormir; si es que podemos.

Los sueños corrieron por el pueblo de un lado a otro, entraron y salieron de las camas, de las casas, dando a todos los habitantes el mismo tema para pasar la noche. Sin embargo, como mínimo cada cual soñaba a su manera: unos que si estaban en la antesala del infierno, otros que era un castigo, que si alguien había perdido el juicio, que si el alcalde los engañaba, que era el preludio de alguna desgracia mayor, que si finalmente todos seríamos iguales.... Si alguien hubiera paseado por el pueblo, habría oído el murmullo de todos los cerebros en ebullición.

El alcalde no soñó, él pensaba en lo que le habían dicho y no había dicho: que era el principio, que luego serían los ruidos, que luego serían los colores, que todo sería igual, igual, una casa a otra, un hombre a otro, una vida a otra… pero él se resistía a creer que el futuro sería así: igual, un día tras otro y por eso, a la mañana siguiente, subió al monte más alto de los alrededores y allí, inspiró, cerró los ojos, inspiró…. el aire no olía a nada en particular, ni siquiera era fresco.

Luego volvió al pueblo y se acercó hasta el río, y allí intentó oler el viento que corría por encima del agua y nada, otra vez, nada…

Y entonces, cogió el coche y condujo hasta el mar, a 50 km. Allí se sentó en la arena e inspiró buscando el olor a sal, a yodo y nada, ni siquiera la brisa le apaciguó el ánimo, ya que no era nada más que aire: insípido, inodoro... y allí mismo acurrucado, tomó una manta y se cubrió con ella, desde la cabeza a los pies e inspiró… tampoco, ni su propio aliento...

Y el alcalde se desnudó y entró en el mar, poco a poco hasta que el agua le cubrió por completo, entonces sin respirar, sintió que al menos algo era diferente, que la falta de aire era diferente y se dejó llevar…y el agua le acarició las mejillas disfrazando la pena, mezclándose con sus lágrimas, y no vio más y no supo más y lo olvidó todo, para siempre.
.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Beatriz

El anillo

Ella