El abuelo
Cada mes, el día
uno, mi abuelo me deja en el descansillo de mi casa, antes lo hacía en mi
mesilla de noche, uno o dos libros.
Yo desde que leí
“Si esto es un hombre” de Primo Levi decidí que no quería que me explicaran lo
que había pasado en el mundo, no deseaba saber de la vida de nadie, ni siquiera
me interesaba lo que pasaba en el minuto en el que transcurría mi existencia,
exceptuando lo que atenía a mi abuelo.
La relación que
había mantenido con él de niña, era distante, aunque mis padres regularmente
nos llevaran a su casa a comer y pasar la tarde. El abuelo siempre nos había mirado desde
sus alturas, sin poner demasiada atención a lo que hacíamos o dejábamos de
hacer. Todo continuó más o menos así, hasta que se murió la abuela. Mi madre no
quiso avenirse a razones y se trajo a su padre a nuestra casa, por otra parte,
lo bastante grande para que la convivencia fuera más que tranquila.
El abuelo hablaba
poco, siempre había sido así, lo justo, lo que consideraba imprescindible, pero
lo que, si hacía mucho, era leer, siempre llevaba un libro encima; debajo del
brazo, en el bolsillo de la bata, entre las manos. Yo, de adolescente, no quise
nunca ni preguntarle qué era lo que leía, él era orgulloso y por lo que parece,
según mi madre, yo era igual que él. Cuando cumplí los 16, un buen día, le
arranqué, literalmente, el libro de debajo del brazo, él se deshizo en una
carcajada y me dijo “¡Ya era hora, hija! siempre acarreando libros para llamar
tu atención… mira que has tardado, eres como un animalillo acosado, a partir de
ahora intenta no pegarme estos sustos y simplemente me pides el libro que
quieras, pero… si me lo permites, te recomendaría…” Así empezó mi recorrido por
la literatura, él nunca me metía prisas, sólo esperaba a que le devolviera el
libro, entonces me decía “¿Qué tal?”, y yo daba rienda suelta a mis opiniones,
mientras él anotaba, asentía, parecía sorprenderse; todo un repertorio que
resumía al final de mi perorata en dos o tres frases. Frases que al principio
me dejaban perpleja hasta que poco a poco y a fuerza de dar vueltas a mi cabeza
acababa por comprender. Nuestra relación a medida que cumplíamos años se hacía
cada vez más estrecha. Le debo, no sólo mi amor por la lectura, también mi
devoción por el pensamiento.
Pero mi abuelo no
había vivido únicamente para los libros, su ocupación secreta había sido la política. Después
de la guerra civil española había estado en la prisión diez años, luego llegó
la tranquilidad y más tarde reanudó su actividad, colaborando de forma discreta
con algún grupo y evidentemente a espaldas de toda la familia. De todo esto
me enteré mucho más tarde, cuando guardé calladamente el libro de Primo Levi en
la estantería y les di la espalda a todos los otros. Hacía tiempo que sabía que
el mundo era un lugar inhóspito, un lugar que el hombre intenta ver,
osadamente, como algo hermoso. El hombre, siempre el hombre, con o si atributos, el hombre solo, el hombre duplicado… En fin,
que arrogancia estúpida la del hombre que intenta explicar el mundo terreno y
el que se nos escapa mediante palabras, palabras inventadas por él mismo,
palabras que no encierran más que mentiras piadosas para seguir viviendo,
palabras que al cabo de los años se desdibujan, olvidándose sólo para poder ser
nuevamente escritas, como si de la primera vez se tratase.
Mi abuelo pretendía
ignorar mi determinación, incluso después de que yo le lanzara “no quiero más
libros, abuelo” Sin embargo él era tenaz y cada mes continuaba dejándome
algunos y cada vez estaban más anotados, subrayados, destrozados, a su manera
para mí.
Había, sin embargo,
algo nuevo entre los tomos que me dejaba. Sí, ahora me escribía cartas. En cada
una de ellas me relataba algún episodio de su vida, algunos ocurridos durante
la guerra, otros más tarde, en la oscuridad de la dictadura. Relatos
de sufrimientos, de miedos, de resignación. En una de las cartas me explicaba
que había estado al borde del suicidio y que la única razón para no hacerlo la
había encontrado en los libros. Quizás era su manera de procurar que siguiera
leyendo, quizás era una especie de trampa para que me sintiera unida a él. No
sé, la verdad es que las leía y releía muchas veces, sin embargo, seguía
apartando los libros. Un día recibí una misiva que parecía un panfleto, pero
sonaba sincero. “El mundo era negro, me decía, el mundo sigue siendo negro, sin
embargo, existe, nos rodea, nos expulsa hacia arriba, hacia el sol y es en este
viaje donde nos sentimos felices y libres, cuando nos alejamos de los monstruos
que pueblan la tierra.
Sólo por eso vale la pena seguir conociendo lo que ocurre,
para luego poder escaparnos”
Hace seis mese s que no hay líneas, ni palabras, ni siquiera
una letra en mi cabeza. Hoy es Navidad y antes de salir al encuentro de la
familia he escrito estos renglones y lo he hecho por algo que ha sucedido a
primera hora de la mañana.
Me he sobresaltado con el timbre de la puerta. Allí de pie, en el rellano
estaba mi abuelo, “Vengo a buscar mi regalo de Navidad” y luego suplicándome:
“Vuelve, mi niña de ojos escritos en hojas borradas, vuelve a mi alma”
Y así lo he hecho,
he vuelto de la única manera que podía hacerlo, aceptando sus libros, lo que
significa su lectura, aun sabiéndome eslabón de una pesada cadena que arrastra
una humanidad maltrecha por nosotros mismos.
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