El terremoto




Mi mujer no me habla, ha salido como un autómata a tender ropa y luego se ha metido en casa como queriendo escapar del sol y de mí. Yo me he plantado delante de nuestra casa mirándola ahí, intacta en medio del desastre, sola pero no abandonada, yo estoy aquí para cuidarla, para cuidarlas a ambas, aunque no quieran, aunque se muestren frías y distantes. Como en otro tiempo busqué en el rostro de mi amada los surcos de los años, hoy he acariciado las paredes de nuestro hogar buscando las grietas producidas por el temblor.

Ayer cuando empezó el terremoto me tumbé al lado de Joaquina, mi mujer, y mientras la casa se estremecía a cada golpe de aire, yo le susurraba palabras que salían de mi corazón, palabras de amor y de consuelo. Le dije como la había querido, como la quería. Le expliqué la historia de un mundo lleno de sonidos salidos de la tierra, le rogué que escuchara el relato de cada nueva sacudida. Ella con los ojos cerrados lloraba sin cesar, solo de vez en cuando me miraba y con los ojos hundidos me pedía que la desatara. En una de esas veces, le saqué el pañuelo de la boca y entonces ella, pausadamente se despidió de mí, escuetamente, con la emoción acelerando sus palabras, entregada ya a la desazón. Yo gozaba con el vaivén como lo había hecho de niño en el carro tirado por mulos de mi padre, seguro de que llegaría al final del camino.

Cuando el movimiento empezó a sentirse con brío, yo ya había atrancado la puerta, Joaquina intentaba desarmar mi obra para abrirla, entonces la tomé entre mis brazos y la llevé al lecho y allí intentando no lastimarla, la até a los barrotes –No sufras, amor mío –le dije – la casa resistirá, recuerda que fueron mis manos las que la levantaron, mi aliento está entre sus muros, nadie ha podido nunca romperme el alma, tampoco la tierra se atreverá a hacerlo. Ella, fuera de sí, me escupió a la cara reproches guardados durante cuarenta años. Me habló de su sufrimiento en solitario, de lo absurdo de mis quimeras, de su padecer por los hijos inexistentes, del dolor que le había producido mi amor hecho de cadenas. Entonces yo, como ella no dejaba de vocear, tuve que amordazarla para que sus gritos no le impidieran escuchar las voces del interior de la tierra, las mismas que escuché el día que llegamos aquí. Antes habíamos vagado por el mundo sin encontrar donde detenernos. Fue este pedazo de tierra el escogido, aquí le levanté el refugio con mis propias manos que quedaron estampadas con las cicatrices del trabajo para siempre más.


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