Los sueños
El director de la
revista había dado a Mar cos las
pautas para un nuevo reportaje: Tenía que ir a ver a un psicólogo y explicarle
que desde hacía algún tiempo tenía sueños un tanto extraños, evidentemente
éstos no serían de Mar cos, tenía
plena libertad: se los podía inventar, extraer de algún libro, de otras
personas…como quisiera. Se trataba de demostrar la poca credibilidad de algunos
psicólogos, sobre todo de aquellos que se basaban en la interpretación de los
sueños (por lo que parecía, el director había tenido una mala experiencia y
esto era, al fin y al cabo, una especie de venganza). El plan trazado era el
siguiente: Pedir hora con al psicólogo que había escogido el director de la
revista, acudir a varias sesiones, anotar el resultado de las mismas, seguir,
en apariencia, el tratamiento y…según como fuera, decidirían qué hacer.
La reunión resultó
muy entretenida y de entre todas las historias que le contaron decidió quedarse
con cuatro. Pidió hora al psicólogo, calculando que le explicaría un sueño por
sesión. Inició un pequeño diario de notas, que incluía también la trascripción
de las historias que le habían relatado.
Primera sesión
Estoy contento y
este trabajo me parece muy entretenido. Tengo que hacer un esfuerzo para
ponerme en la piel de una persona angustiada que necesita ayuda urgente.
He llegado muy
puntual. El psicólogo no me ha preguntada nada en concreto y casi
inmediatamente me ha invitado a que le explicara el sueño.
SUEÑO NÚMERO 1
Yo estaba en un lugar cerrado, me ahogaba y entonces
cogía una maza y empezaba a golpear una pared. Cada mazazo que realizaba me
costaba un gran esfuerzo, pero al final conseguía abrir un boquete. Desde el
interior miraba hacia fuera y veía, a lo lejos, un puente; cuando me decidía a
salir había algo que me lo impedía. Por un momento pensé que el problema era la
luz, había estado demasiado tiempo en la oscuridad y la idea de salir al aire
libre me inmovilizaba. Sin embargo, como estaba asfixiándome, realizaba un gran
esfuerzo por salir. Cuando por fin lo conseguía empezaba a caminar hacia el
puente y al llegar veía a un señor que estaba de espaldas mirando hacia abajo,
me acercaba intentando llamar su atención y cuando se giraba resultaba que era
yo mismo.
El psicólogo me ha
escuchado atentamente y al final de la sesión cuando yo le he preguntado por el
significado, me ha contestado que prefería que fuera yo mismo el que hiciera un
esfuerzo por encontrarlo. Él lo había anotado todo. Me ha hecho algunas
preguntas sobre cómo me sentía durante y después del sueño. Así pues, he salido
como había entrado.
Segunda sesión
Le he ofrecido una
rápida interpretación del primer sueño. Le he dicho que suponía que yo me
sentía poco libre; quizás demasiado atado a mi mujer y a mis hijos (por cierto,
yo no tengo familia) y que, aunque lo deseara, no podía hacer nada por
liberarme de ellos.
Él ha mantenido la
apariencia distante y me ha preguntado si tenía algún sueño nuevo, yo le he
dicho que dos y que uno de ellos se me había repetido dos noches seguidas.
Primero le he explicado este último:
SUEÑO NÚMERO 2
Era de noche y yo estaba sentado en la entrada de una
casa. La calle delante de mí estaba desierta y yo me quedaba absorto mirando la
luz de una farola que alumbraba una bicicleta con un carrito enganchado a ella.
De pronto sentía que tenía que marcharme, me arrastraba, pero en ese momento no
sabía por qué lo hacía, no sabía por qué no me ponía de pie. Cuando llegaba a
la bicicleta me sentaba en el sillín y al intentar pedalear me daba cuenta de
que no tenía piernas.
Me ha dejado
reposar un rato, supongo que para relajarme. Luego, me ha preguntado que
consideración que tenía de mí mismo y también me ha hecho escribir en un papel
mis cualidades y mis defectos. Después me ha pedido que le explicara el otro
sueño.
SUEÑO NÚMERO 3
Yo estaba sentado al sol entre varios árboles, un poco
más allá veía a unos niños jugando con unas cuerdas, de pronto empezaban a
enlazar los árboles con ellas. Entonces yo me acercaba y veía que, por las
cuerdas, que eran de un blanco reluciente, se deslizaban unos gusanos
transparentes que apenas se distinguían, sin ruido. Los niños se reían y
utilizaban las cuerdas como si estuvieran en un ring, se apoyaban en ellas, se
dejaban suspensos y entonces la misma inercia los impulsaba hacia delante. Yo
seguía mirando la procesión de gusanos y sin embargo no decía nada. De pronto
las cuerdas se rompían porque los gusanos se las habían comido y los niños
caían al vacío sin que yo hiciera nada para salvarlos.
Mientras le
explicaba el tercer sueño he visto que el psicólogo tenía en la mano la lista
que yo había elaborado y me he dado cuenta de que no había sido capaz de
inventarme nada y había escrito cualidades y defectos míos. Error. He cometido
un error. Luego él me ha pedido que le explicara que a qué jugaba. ¿Habrá
captado algo raro? Me he puesto nervioso y se ha notado, pero entonces la
campana me ha salvado, ha terminado el tiempo; el suyo, yo lo he ganado porque
puedo, en casa, reconstruir esta tarde y buscar una estrategia para la próxima
sesión.
Él, sin más comentarios me ha puesto
deberes: Me ha pedido que intente hablar con mi mujer sobre cómo me siento, que
le explique lo que me está ocurriendo. En definitiva, que pruebe de liberarme
al menos verbalmente. Luego, como quien no quiere la cosa, me ha dicho: -
supongo que va a volver ¿no?
Tres días después de la segunda sesión
He anulado la
tercera visita por motivos de trabajo y para darme un respiro, porque la última
sesión me dejó mal sabor de boca. No sé, una cierta intranquilidad que no me
facilita nada el trabajo.
Dos semanas más tarde
Después de dos
semanas desde la última visita, hoy vuelvo al diván. He pensado que debería
simular alguna alteración y, antes de salir de casa, me he hecho un corte muy
superficial en la mano, pero lo suficientemente llamativo como para que él se
dé cuenta.
Tercera sesión
Sé que lo ha visto
enseguida, sin embargo, no me ha dicho nada. ¡Qué estúpido! Voy a castigarle un
poco. Me ha preguntado si había hablado con mi mujer. No, he contestado sin más
explicación y me he sentado con gesto enfurruñado. - Bueno, pues explíqueme que
ha sucedido en sus noches durante estas dos semanas, - ha seguido él. Nada de
nada, le he soltado. Y en vista de mi mutismo, ha empezado a hablar él. Voy a
intentar transcribir sus elucubraciones:
“Veo que hoy no
tiene ganas de trabajar. Da
igual, no se preocupe. Es normal. Pero piense que si
quiere que le ayude, tiene que colaborar. He estado pensando en sus sueños y
creo que en todos ellos es usted el que tiene la llave para solucionar el
problema. El mundo no le ataca, es usted mismo el que se refugia en su
imposibilidad de superar los problemas ¿lo sabe? ¿no? (yo, mudo ¡qué voy a
saber! Y además ¡qué me importa a mí!) No tenga miedo, Mar cos,
no hay nada que no pueda cambiar, la cuestión es enfrentarse, no es necesario
que sea ahora mismo... Tiene que expresar lo que siente. Deje de lastimarse, no
habrá nadie que sienta pena por usted, porque el mundo no sabe qué es lo que le
ocurre. Y ahora, dígame ¿qué le ha pasado en la mano?”
-Nada. Y me voy, lo
siento, pero tengo un compromiso realmente importante. Por otro lado, ya ve, no
he vuelto a soñar y entonces no sé que hago aquí.
-Usted mismo, es
usted libre. Si quiere que nos volvamos a ver, ya me llamará
¡Qué me lastimo!
Que tío pesado. Total, por un pequeño corte en la mano. Le he proporcionado los
argumentos perfectos. Error. He fallado. No debo ponerle la solución tan en
bandeja. Se han acabado los cortes, volveré a ser “normal” y ya veremos que
interpreta entonces.
Día siguiente de la sesión con el psicólogo
¡Uff! ¡Qué
nochecita! ¿Cómo era el sueño? Estaba en mi casa y mi cuerpo era de un color
blanco, mortecino y los gusanos del sueño prestado corrían arriba y abajo por
mis extremidades y yo no hacía nada porque sabía que me estaban comiendo y no
había solución.
Voy a ducharme.
Siento el cuerpo pegajoso, como si los animalitos me hubieran dejado sus babas
por toda la piel.
Dejaré pasar unos
días. Luego llamaré al psicólogo. Tengo que calmarme. ¿A mí qué me importa lo
que diga ese hombre? El corte se me ha curado. ¡Qué lástima! me gustaba, me
gustan las marcas. ¿Por qué no? otra pequeña incisión dará más jugo a las
sesiones. Sí, aquí, en el mismo lugar, pero más profunda, que se note, que no
se me regenere tan rápido.
Dos días más tarde del sueño propio
Le he llamado, le
veré dentro de seis días. Voy a mantener mi herida abierta hasta entonces.
Es curioso, cada
día después de afeitarme el mismo ritual. Cojo el cuchillo y aprieto sobre la llaga. Aprieto ,
aprieto y corto y no me duele. Nada, no me duele nada, al contrario, me gusta y
cuando empieza a brotar la sangre… entonces es lo mejor, la veo salir veloz,
libre y entonces también yo me siento libre, como si fuera otro, alguien que
puede hacer lo que se proponga.
Cada día tardo más
en cortar la hemorragia, pero no es por pura desidia, me encanta.
Hoy he vuelto a
soñar. Sin embargo, no me acuerdo que. Cuando me he levantado he sentido la
necesidad de bajar a la calle para introducir mi mano buena en los parterres
que hay en el paseo. Buscaba algo, supongo que tendrá relación con el sueño, de
pronto he pensado en los gusanos y entonces de forma meticulosa he escudriñado
la tierra hasta la aparición de unas minúsculas lombrices a las que dejado
pasear por la palma de mi mano hasta que ha aparecido un vecino curioso y he
tenido que disimular.
Mañana me toca, ya
verá ese. Le voy a dar a comer mi último sueño de otros, el mío ni lo sueñe, es
mío, sólo para mí.
Cuarta sesión
Me he tapado la
mano, no me da la gana explicarle nada, nada salvo el sueño número cuatro.
Menuda estupidez, pero es lo que quiere. Después de los saludos de rigor. Yo
amable, él más, le he escupido el sueño a su libreta.
SUEÑO NÚMERO 4
Me encontraba paseando por un pueblo abandonado. Casi
todas las casas estaban en ruinas, pero a mí eso no parecía sorprenderme. Se
respiraba un silencio total que a mí me producía un gran reposo. Cuando llevaba
un tiempo caminando me daba cuenta de que no oía mis pasos, entonces intentaba
pisar con fuerza, pero ni así, lo único que conseguía era cansarme más. Al
llegar al final de la calle daba la vuelta y me percataba de que mis pasos no
habían dejado huella alguna y eso no podía ser porque la calzada no estaba
asfaltada, era de una especie de arcilla blanda. Entonces iniciaba mis idas y
venidas, una y otra vez y siempre sucedía lo mismo
Me ha mirado de
forma extraña. Me ha recetado unas pastillas (no pienso tomármelas)
Y ahora qué hago.
Él dice que tengo que volver, pero a mí se me han acabado los sueños. ¿Qué voy
a ofrecerle? Lo peor es que no tengo argumentos para el artículo, lo único es
criticar el hecho de que cuando no saben que hacer te recetan pastillitas
salvadoras.
Me ha telefoneado
el director de la revista. Le he dicho que estaba terminando el trabajo.
Mentira. ¡Vaya otro! se piensa que todo se hace en cuatro días. Pues que visite
él al psicólogo. Me he comprado las pastillas. Me ayudarán a dormir más y
cuantas más horas de sueño, más sueños ¿no?
Lo he vuelto a
hacer, he soñado. He visto durmiendo como mis gusanos crecían en cantidad y en
grosor.
Bajaré al paseo y
cogeré algunas lombrices, las plantaré en las macetas de casa, así no tendré
que salir a la calle cuando quiera verlas, además las puedo alimentar y vamos a
ver quien gana si las del sueño o las de mi casa.
Hace tres días que
no salgo de casa. Voy a aumentar la dosis para dormir porque he descubierto que
me proporciona un estado muy placentero.
Me ha despertado el
teléfono, he dejado que se grabara el mensaje en el contestador. Era el
psicólogo, dice que por favor le llame.
No tengo ganas de
hablar con nadie. Ni con el psicólogo ni con el director de la revista. La
única compañía que preciso es la de mis lombrices. Cada día introduzco mi mano
herida en la tierra y ellas se pasean arriba y abajo. Me reconocen. Me
necesitan. Pobres, casi no tienen espacio para moverse, mañana las llevaré de
excursión.
Hoy es sábado
Me voy de paseo con
mis lombrices. Iré a la montaña y allí seguro que encuentro un lugar con tierra
húmeda y gustosa. Lo estoy imaginando, me introduciré en la tierra, pero antes
dejaré libres a mis lombrices para que me recorran de arriba abajo, para que me
acompañen una vez más en mis sueños.
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