Los sueños




El director de la revista había dado a Marcos las pautas para un nuevo reportaje: Tenía que ir a ver a un psicólogo y explicarle que desde hacía algún tiempo tenía sueños un tanto extraños, evidentemente éstos no serían de Marcos, tenía plena libertad: se los podía inventar, extraer de algún libro, de otras personas…como quisiera. Se trataba de demostrar la poca credibilidad de algunos psicólogos, sobre todo de aquellos que se basaban en la interpretación de los sueños (por lo que parecía, el director había tenido una mala experiencia y esto era, al fin y al cabo, una especie de venganza). El plan trazado era el siguiente: Pedir hora con al psicólogo que había escogido el director de la revista, acudir a varias sesiones, anotar el resultado de las mismas, seguir, en apariencia, el tratamiento y…según como fuera, decidirían qué hacer.
 
Marcos había asistido hacía años, como periodista, a un congreso de Psicología y pasó todo el día repasando las anotaciones que había hecho sobre las jornadas. No quedó demasiado satisfecho y decidió pasarse por la biblioteca para echar un vistazo a algunos libros de psicología, tomó prestados varios volúmenes y durante toda la semana no tuvo otra lectura más que esa. Después se puso en movimiento y decidió preparar una velada con algunos amigos para pedirles prestado sus sueños.

La reunión resultó muy entretenida y de entre todas las historias que le contaron decidió quedarse con cuatro. Pidió hora al psicólogo, calculando que le explicaría un sueño por sesión. Inició un pequeño diario de notas, que incluía también la trascripción de las historias que le habían relatado.

Primera sesión

Estoy contento y este trabajo me parece muy entretenido. Tengo que hacer un esfuerzo para ponerme en la piel de una persona angustiada que necesita ayuda urgente.

He llegado muy puntual. El psicólogo no me ha preguntada nada en concreto y casi inmediatamente me ha invitado a que le explicara el sueño.

SUEÑO NÚMERO 1

Yo estaba en un lugar cerrado, me ahogaba y entonces cogía una maza y empezaba a golpear una pared. Cada mazazo que realizaba me costaba un gran esfuerzo, pero al final conseguía abrir un boquete. Desde el interior miraba hacia fuera y veía, a lo lejos, un puente; cuando me decidía a salir había algo que me lo impedía. Por un momento pensé que el problema era la luz, había estado demasiado tiempo en la oscuridad y la idea de salir al aire libre me inmovilizaba. Sin embargo, como estaba asfixiándome, realizaba un gran esfuerzo por salir. Cuando por fin lo conseguía empezaba a caminar hacia el puente y al llegar veía a un señor que estaba de espaldas mirando hacia abajo, me acercaba intentando llamar su atención y cuando se giraba resultaba que era yo mismo.

El psicólogo me ha escuchado atentamente y al final de la sesión cuando yo le he preguntado por el significado, me ha contestado que prefería que fuera yo mismo el que hiciera un esfuerzo por encontrarlo. Él lo había anotado todo. Me ha hecho algunas preguntas sobre cómo me sentía durante y después del sueño. Así pues, he salido como había entrado.

Segunda sesión

Le he ofrecido una rápida interpretación del primer sueño. Le he dicho que suponía que yo me sentía poco libre; quizás demasiado atado a mi mujer y a mis hijos (por cierto, yo no tengo familia) y que, aunque lo deseara, no podía hacer nada por liberarme de ellos.
Él ha mantenido la apariencia distante y me ha preguntado si tenía algún sueño nuevo, yo le he dicho que dos y que uno de ellos se me había repetido dos noches seguidas. Primero le he explicado este último:

SUEÑO NÚMERO 2

Era de noche y yo estaba sentado en la entrada de una casa. La calle delante de mí estaba desierta y yo me quedaba absorto mirando la luz de una farola que alumbraba una bicicleta con un carrito enganchado a ella. De pronto sentía que tenía que marcharme, me arrastraba, pero en ese momento no sabía por qué lo hacía, no sabía por qué no me ponía de pie. Cuando llegaba a la bicicleta me sentaba en el sillín y al intentar pedalear me daba cuenta de que no tenía piernas.

Me ha dejado reposar un rato, supongo que para relajarme. Luego, me ha preguntado que consideración que tenía de mí mismo y también me ha hecho escribir en un papel mis cualidades y mis defectos. Después me ha pedido que le explicara el otro sueño.

SUEÑO NÚMERO 3

Yo estaba sentado al sol entre varios árboles, un poco más allá veía a unos niños jugando con unas cuerdas, de pronto empezaban a enlazar los árboles con ellas. Entonces yo me acercaba y veía que, por las cuerdas, que eran de un blanco reluciente, se deslizaban unos gusanos transparentes que apenas se distinguían, sin ruido. Los niños se reían y utilizaban las cuerdas como si estuvieran en un ring, se apoyaban en ellas, se dejaban suspensos y entonces la misma inercia los impulsaba hacia delante. Yo seguía mirando la procesión de gusanos y sin embargo no decía nada. De pronto las cuerdas se rompían porque los gusanos se las habían comido y los niños caían al vacío sin que yo hiciera nada para salvarlos.

Mientras le explicaba el tercer sueño he visto que el psicólogo tenía en la mano la lista que yo había elaborado y me he dado cuenta de que no había sido capaz de inventarme nada y había escrito cualidades y defectos míos. Error. He cometido un error. Luego él me ha pedido que le explicara que a qué jugaba. ¿Habrá captado algo raro? Me he puesto nervioso y se ha notado, pero entonces la campana me ha salvado, ha terminado el tiempo; el suyo, yo lo he ganado porque puedo, en casa, reconstruir esta tarde y buscar una estrategia para la próxima sesión.

Él, sin más comentarios me ha puesto deberes: Me ha pedido que intente hablar con mi mujer sobre cómo me siento, que le explique lo que me está ocurriendo. En definitiva, que pruebe de liberarme al menos verbalmente. Luego, como quien no quiere la cosa, me ha dicho: - supongo que va a volver ¿no?

Tres días después de la segunda sesión

He anulado la tercera visita por motivos de trabajo y para darme un respiro, porque la última sesión me dejó mal sabor de boca. No sé, una cierta intranquilidad que no me facilita nada el trabajo.

Dos semanas más tarde


Después de dos semanas desde la última visita, hoy vuelvo al diván. He pensado que debería simular alguna alteración y, antes de salir de casa, me he hecho un corte muy superficial en la mano, pero lo suficientemente llamativo como para que él se dé cuenta.

Tercera sesión

Sé que lo ha visto enseguida, sin embargo, no me ha dicho nada. ¡Qué estúpido! Voy a castigarle un poco. Me ha preguntado si había hablado con mi mujer. No, he contestado sin más explicación y me he sentado con gesto enfurruñado. - Bueno, pues explíqueme que ha sucedido en sus noches durante estas dos semanas, - ha seguido él. Nada de nada, le he soltado. Y en vista de mi mutismo, ha empezado a hablar él. Voy a intentar transcribir sus elucubraciones:
“Veo que hoy no tiene ganas de trabajar. Da igual, no se preocupe. Es normal. Pero piense que si quiere que le ayude, tiene que colaborar. He estado pensando en sus sueños y creo que en todos ellos es usted el que tiene la llave para solucionar el problema. El mundo no le ataca, es usted mismo el que se refugia en su imposibilidad de superar los problemas ¿lo sabe? ¿no? (yo, mudo ¡qué voy a saber! Y además ¡qué me importa a mí!) No tenga miedo, Marcos, no hay nada que no pueda cambiar, la cuestión es enfrentarse, no es necesario que sea ahora mismo... Tiene que expresar lo que siente. Deje de lastimarse, no habrá nadie que sienta pena por usted, porque el mundo no sabe qué es lo que le ocurre. Y ahora, dígame ¿qué le ha pasado en la mano?”
-Nada. Y me voy, lo siento, pero tengo un compromiso realmente importante. Por otro lado, ya ve, no he vuelto a soñar y entonces no sé que hago aquí.
-Usted mismo, es usted libre. Si quiere que nos volvamos a ver, ya me llamará

¡Qué me lastimo! Que tío pesado. Total, por un pequeño corte en la mano. Le he proporcionado los argumentos perfectos. Error. He fallado. No debo ponerle la solución tan en bandeja. Se han acabado los cortes, volveré a ser “normal” y ya veremos que interpreta entonces.

Día siguiente de la sesión con el psicólogo


¡Uff! ¡Qué nochecita! ¿Cómo era el sueño? Estaba en mi casa y mi cuerpo era de un color blanco, mortecino y los gusanos del sueño prestado corrían arriba y abajo por mis extremidades y yo no hacía nada porque sabía que me estaban comiendo y no había solución.

Voy a ducharme. Siento el cuerpo pegajoso, como si los animalitos me hubieran dejado sus babas por toda la piel.

Dejaré pasar unos días. Luego llamaré al psicólogo. Tengo que calmarme. ¿A mí qué me importa lo que diga ese hombre? El corte se me ha curado. ¡Qué lástima! me gustaba, me gustan las marcas. ¿Por qué no? otra pequeña incisión dará más jugo a las sesiones. Sí, aquí, en el mismo lugar, pero más profunda, que se note, que no se me regenere tan rápido.

Dos días más tarde del sueño propio


Le he llamado, le veré dentro de seis días. Voy a mantener mi herida abierta hasta entonces.

Es curioso, cada día después de afeitarme el mismo ritual. Cojo el cuchillo y aprieto sobre la llaga. Aprieto, aprieto y corto y no me duele. Nada, no me duele nada, al contrario, me gusta y cuando empieza a brotar la sangre… entonces es lo mejor, la veo salir veloz, libre y entonces también yo me siento libre, como si fuera otro, alguien que puede hacer lo que se proponga.

Cada día tardo más en cortar la hemorragia, pero no es por pura desidia, me encanta.

Hoy he vuelto a soñar. Sin embargo, no me acuerdo que. Cuando me he levantado he sentido la necesidad de bajar a la calle para introducir mi mano buena en los parterres que hay en el paseo. Buscaba algo, supongo que tendrá relación con el sueño, de pronto he pensado en los gusanos y entonces de forma meticulosa he escudriñado la tierra hasta la aparición de unas minúsculas lombrices a las que dejado pasear por la palma de mi mano hasta que ha aparecido un vecino curioso y he tenido que disimular.

Mañana me toca, ya verá ese. Le voy a dar a comer mi último sueño de otros, el mío ni lo sueñe, es mío, sólo para mí.

Cuarta sesión

Me he tapado la mano, no me da la gana explicarle nada, nada salvo el sueño número cuatro. Menuda estupidez, pero es lo que quiere. Después de los saludos de rigor. Yo amable, él más, le he escupido el sueño a su libreta.

SUEÑO NÚMERO 4

Me encontraba paseando por un pueblo abandonado. Casi todas las casas estaban en ruinas, pero a mí eso no parecía sorprenderme. Se respiraba un silencio total que a mí me producía un gran reposo. Cuando llevaba un tiempo caminando me daba cuenta de que no oía mis pasos, entonces intentaba pisar con fuerza, pero ni así, lo único que conseguía era cansarme más. Al llegar al final de la calle daba la vuelta y me percataba de que mis pasos no habían dejado huella alguna y eso no podía ser porque la calzada no estaba asfaltada, era de una especie de arcilla blanda. Entonces iniciaba mis idas y venidas, una y otra vez y siempre sucedía lo mismo

Me ha mirado de forma extraña. Me ha recetado unas pastillas (no pienso tomármelas)

Y ahora qué hago. Él dice que tengo que volver, pero a mí se me han acabado los sueños. ¿Qué voy a ofrecerle? Lo peor es que no tengo argumentos para el artículo, lo único es criticar el hecho de que cuando no saben que hacer te recetan pastillitas salvadoras.

Me ha telefoneado el director de la revista. Le he dicho que estaba terminando el trabajo. Mentira. ¡Vaya otro! se piensa que todo se hace en cuatro días. Pues que visite él al psicólogo. Me he comprado las pastillas. Me ayudarán a dormir más y cuantas más horas de sueño, más sueños ¿no?

Lo he vuelto a hacer, he soñado. He visto durmiendo como mis gusanos crecían en cantidad y en grosor.

Bajaré al paseo y cogeré algunas lombrices, las plantaré en las macetas de casa, así no tendré que salir a la calle cuando quiera verlas, además las puedo alimentar y vamos a ver quien gana si las del sueño o las de mi casa.

Hace tres días que no salgo de casa. Voy a aumentar la dosis para dormir porque he descubierto que me proporciona un estado muy placentero.

Me ha despertado el teléfono, he dejado que se grabara el mensaje en el contestador. Era el psicólogo, dice que por favor le llame.

No tengo ganas de hablar con nadie. Ni con el psicólogo ni con el director de la revista. La única compañía que preciso es la de mis lombrices. Cada día introduzco mi mano herida en la tierra y ellas se pasean arriba y abajo. Me reconocen. Me necesitan. Pobres, casi no tienen espacio para moverse, mañana las llevaré de excursión.

Hoy es sábado


Me voy de paseo con mis lombrices. Iré a la montaña y allí seguro que encuentro un lugar con tierra húmeda y gustosa. Lo estoy imaginando, me introduciré en la tierra, pero antes dejaré libres a mis lombrices para que me recorran de arriba abajo, para que me acompañen una vez más en mis sueños.


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