El Monet



- Sr. Dosini, deje ya de dar vueltas. Ya me ha dicho cien veces que usted puede explicarme lo que ocurrió aquel día, pero yo prefiero que escuchemos juntos la grabación que hizo el inspector Portillo de la conversación que mantuvieron.  Si prefiere quedarse de pie, usted mismo. Escuche, por favor.

-  Buenas tardes, Sr. Dosini
-  Buenos tardes, inspector Portillo. Siéntese, por favor. He preparado un té, ¿le apetece?
-  Sí, gracias. Me vendrá muy bien porque llevo todo el día de un lugar a otro.
-  Bueno, Sr. Dosini. Tal como le expliqué ayer, necesito urgentemente su ayuda.
-  ¡Qué desastre el robo en el museo! ¿Cuántos cuadros dice que se han llevado?
-  Tres obras. ¿Ha hecho ya memoria del Monet que usted enmarcó?
-  Sí, claro. No he dejado de pensar en él desde ayer.
-  Bien, pues, usted mismo, dígame todo lo que recuerde del cuadro; es importante puesto que no existe copia ni fotografía alguna de él.
-  Verá usted, cuando me ofrecieron el trabajo de enmarcar un Monet, no me lo podía creer. Llevo veinte años en el oficio y, aunque me he ocupado de obras importantes, ésta era la mejor que tenía entre manos, así es que el encargo fue para mí algo excepcional. Los del museo me trajeron el cuadro y me dieron completa libertad para que escogiera el marco.
Durante dos días lo estuve observando con mucho detenimiento, todos los detalles, la delicadeza de los trazos, los diferentes blancos, todo. Llegué incluso a soñar con la pintura antes y durante el enmarcado. Para serle sincero tuve una historia rara con la tela.
-  Sr. Dosini, por favor, ¿puede describírmelo?
-  Sí, claro. Aún recuerdo el frío y la soledad que sentía al mirar “El deshielo”, se me paralizaba el alma y me embargaba una especie de somnolencia que perduraba mientras estaba junto a él. Yo me imaginaba en el borde del lago…
-  Bueno…bien, así es que había un lago.
-  Sí, claro. La imagen toda era un lago helado. En el primer plano, el hielo parecía fundirse al tiempo que se mezclaba con trozos de tierra marrón.
Escogí madera de roble para realizar el marco y le di un baño con tinte de nogalina. Después lo ensamblé y lo dejé reposar. Al día siguiente, por la mañana, cuando entré en el taller, no me lo podía creer, la cola no había funcionado. Los ingletes estaban separados.
-  ¿Los ingletes?
-  Sí, el vértice donde se juntan los listones. No supe encontrar la causa, quizás la madera no estaba en buen estado. Entonces se me ocurrió utilizar álamo, porque éstos eran los árboles que aparecían repartidos por la orilla del lago, reflejándose en la superficie helada. El fuste blanco armonizaría mejor con la pintura y resaltaría los matojos rojizos que Monet había pintado en el extremo inferior izquierdo. Además, si el problema era la humedad de mi taller, la madera de álamo se caracteriza por ser muy resistente al agua. Sin embargo, al día siguiente de haber montado el marco, ocurrió como la primera vez; de nuevo la adherencia no había funcionado. Seguía sin entender lo que pasaba; aquello no tenía sentido.
-  Ya, ya…Sr. Dosini. Además de todos sus problemas, puede explicarme si recuerda algo más del cuadro.
-  Sí, claro. Al fondo, en la lejanía, se veía la ladera de una montaña nevada; el cielo, gris y una luz muy tenue lo inundaba todo.
-  Bien. ¿Alguna cosa más? ¿Algún detalle?
-  Miles. Mire usted, Sr. Inspector, es difícil resumir en cuatro palabras una obra de arte. Déjeme, por favor, que le explique algo más. Desde el primer momento, había sospechado que existía algo en la tela que no conseguía descifrar; la miraba y me parecía intuir movimiento por debajo de la capa de hielo. Esto me producía un incontrolado deseo de aproximarme a tocarla… una especie de vértigo en el estómago.
-  ¿Quizás se había obsesionado usted con el cuadro?
-  Sí, yo también lo pensé. Perdone, me he quedado en que la madera de álamo tampoco servía. Un día, paseando por la ciudad, entré en una tienda de antigüedades y  vi un cuadro enmarcado con hierro. ¿Por qué no? –me dije- y fui a comprar unas varillas de este metal.
-  Ya, hierro forjado.
-  No, no, hierro virgen. Hablé con un amigo escultor sobre la manera de ensamblar los hierros. No parecía difícil. Una vez cortadas las varillas, tenía que realizar una especie de diente en los extremos, original. A la mañana siguiente descansé al ver que la soldadura finalmente había resultado bien. En lugar de avisar rápidamente al Museo, decidí quedármelo unos días para no tener más sorpresas. Dejé el Monet en una esquina del taller, abandonándolo a su propia vida e intentando que la mía volviera a la normalidad.
-  Bien… Gracias, Sr. Dosini, gracias por dedicarme su tiempo.
-  No, no, Inspector. No he terminado todavía. Pasados unos días, observé que el hierro en algunos lugares estaba cambiando de tonalidad y adquiriendo poco a poco la del óxido. Nadie, excepto yo, lo hubiera advertido, ya que las variaciones eran mínimas. Cada día que pasaba, el óxido aumentaba y daba al hierro matices diversos.
Cuando lo devolví al Museo, los responsables estuvieron encantados con mi originalidad; pero, por supuesto, no les comenté nada de lo acontecido. Desde el día que dejé “mi deshielo” en el Museo, fui a visitarlo con frecuencia, y cada reencuentro me deparaba una sorpresa. El deshielo parecía avanzar y mi moldura cambiaba a su ritmo.
-  Gracias, Sr. Dosini. No necesito saber nada más. No se levante; ya conozco el camino.
-  ¡Sr. Inspector! ¿Lo encontrarán? ¿verdad?
-  Claro, claro. Eso esperamos.
-  Es que si no lo hacen… Ese cuadro tenía vida. Ya le he dicho que volví muchas veces al Museo; bien, pues al principio, el hierro iba tomando colores verdes, marrones, lilas, unas tonalidades fantásticas, pero el problema no estaba en el marco, sino en el cuadro. Las observaciones iniciales me divirtieron, puesto que mi moldura era capaz de adaptarse a las nuevas situaciones; pero un día me di cuenta de que la pintura ya no era la misma: poco a poco su paisaje había ido cambiando. El cielo seguía siendo gris, pero a la montaña parecían salirle unas pequeñas chispas coloreadas; los bloques de hielo se habían desplazado hacia el fondo de la tela y el color marrón era más abundante.
A nuestro museo no va mucha gente y las personas que lo visitan no suelen repetir, así es que no había peligro de que alguien se percatara del fenómeno que estaba ocurriendo.
Yo, cada vez más alterado, dejé de acudir a la pinacoteca durante unas semanas; no podía soportar ser el único testigo de la metamorfosis.
-  Lo encontraremos, se lo aseguro.
-  Sí, sí, Inspector. Pero…cuando volví, hace dos días, el desastre ya no tenía solución. El Monet ya no era el Monet, era otro; incluso la firma del autor había desaparecido. En el cuadro se veía un lago, sí, eso sí, pero no había ni una capa de hielo. Además el cielo ya se había abierto y el sol se reflejaba en las aguas. De la nieve de las montañas, nada, ni una mancha. Un paisaje de verano es lo que tenía delante, así que descolgué el cuadro y me lo llevé. Al fin y al cabo era de un pintor desconocido, ¿no?
-  Pero… ¿cómo? ¿qué está diciendo?
-  Tranquilícese, Sr. Inspector. Yo sólo me llevé un cuadro; de los otros dos, no tengo ni idea; además, ya le he dicho que el que tengo en mi poder no es el Monet. ¡Por favor, Sr. Inspector, lo ha tenido delante de usted durante todo este tiempo! Aunque le he hecho una descripción detallada, no lo ha reconocido.
-  Pero usted ha confesado, Sr. Dosini, y ya sabe que no hay ni fotos ni reproducciones…
-  Tendrán que comprobar la firma. Y en mi cuadro no hay señal alguna. El cuadro que yo tengo no es el Monet.
-  Sea quien sea el autor, me lo llevaré.
-  Ni se le ocurra tocar mi cuadro; además, el marco es mío.
-  ¡Por Dios! ¡Va usted a volverme loco! Separe el marco, que yo me llevaré la tela.
-  ¡No!

- Ahora, Sr. Dosini, ¿podría usted explicarme lo que sucedió después?
- Verá, Sr. Comisario. El Inspector se apresuró a liberar la tela de su armazón. El lago entero se desbordó, allí mismo. El Sr. Inspector no decía ni palabra, sólo miraba boquiabierto lo que sucedía. Cayeron las piedras al suelo con un ruido ensordecedor y todo mi taller se llenó de agua. Los árboles se inclinaron hasta desprenderse de la tierra y chocar contra los cristales de las ventanas, rompiéndolos. Aquello parecía no tener fin. Cogí al Inspector y lo arrastré fuera, a la calle. En pocos minutos, las paredes se agrietaron y la casa se derrumbó. Las aguas siguieron su curso natural y mi vivienda desapareció con ellas.
- ¿Y qué pasó con el inspector Portillo?
- La última vez que lo vi estaba subido a un árbol, aferrándose a mi marco de hierro como si fuera lo único real que existiera en el mundo. No sé… ¿Qué ha dicho, Sr. Comisario? ¿Han encontrado el Monet? ¿Qué Monet, Sr.Comisario, el suyo o el mío?

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